Tokio, entre el lujo y la vanguardia

Tokio amanece siete horas antes que el resto del mundo occidental, y eso se percibe en su gente organizada, en sus calles vibrantes de energía, en su estilo cosmopolita y en su idiosincrasia única, que la posicionan como la gran metrópoli del siglo XXI, dejando apenas espacio para la improvisación. Nuestra llegada a Japón coincide con el atardecer de un sábado noche, cuando el resto del planeta comenzaba prácticamente a levantarse el imperio del sol naciente despedía ya al astro sol.

Puesta de sol en la bahía de odaiba en Tokio, Japón

Se trata de un momento ideal para contemplar desde la ventana oeste del avión el símbolo sagrado del país, el grandioso monte Fuji, resurgiendo en todo su esplendor y majestuosidad de entre un océano de blancas nubes blancas. De fondo para este paisaje casi onírico, una música ambiental recreando el sonido de los pájaros en un jardín zen japonés que trasladan a un lugar donde el tiempo y el espacio desaparecen por un momento. Y como telón de fondo de este singular espectáculo, el aeropuerto internacional de Narita que recibe hospitalario al viajero, pero con un silencio sepulcral.

Los sonidos de Tokio

Dos cosas chocan nada más aterrizar en el país: el orden inmaculado y la inmensidad del silencio. Y sin embargo, pasear por las calles de Tokio y mezclarse entre sus 14 millones de habitantes es precisamente eso, escuchar su silencio pero también el mapa de sus sonidos, a los que lentamente se van acostumbrando los oídos occidentales a medida que se adentra uno en cualquiera de sus rincones: desde una risa ahogada en un café del concurrido barrio de Shinjuku a las ocho de la mañana, cuando los ejecutivos desfilan ordenadamente en fila india con sus trajes grises hasta el roce de las olas acariciando el barco que cruza la bahía de Odaiba para asombrarnos con el espectacular puente Rainbow, con reminiscencias al puente de Brooklyn sobre la bahía del Hudson al otro lado del globo.

Unos barrios singulares

Los barrios de la antigua Edo, no mucho tiempo atrás conformada por 27 pequeñas ciudades, conservan una singularidad especial. Ginza, con sus tiendas de alto lujo que no tienen nada que envidiar a las de la Quinta Avenida de Manhattan o de la Avenue Montaigne de Paris. Ueno, con su inmenso lago de nenúfares rosas y Harajuku con sus rockabillies en el Yoyogi Park. Akihabara, el paraíso para los amantes del manga y del anime japonés, con sus maid cafes –rodeados siempre de un halo de misterio- en los que tímidas camareras disfrazadas de personajes del mundo del comic huyen de las cámaras de los turistas mientras invitan al viandante a pasar una tarde diferente con ellas tomando una taza de té y contando historias entre los otaku.

Shibuya y su cruce 109

En el cruce 109 del barrio de Shibuya, el mundo entero se cruza en medio de la calle cada vez que el semáforo de los coches se pone rojo y por donde pasean las adolescentes japonesas mostrando las últimas tendencias de la moda que seguirá el resto del mundo al cabo de unas semanas o meses. Shinjuku, con su nudo de comunicaciones en la estación más transitada del mundo y el glamour de la planta 52 del Park Hyatt Tokyo, una de las mejores vistas de la ciudad, en la que se tomaron una célebre copa Scarlett Johansson y Bill Murray en una no menos memorable escena de Lost in Translation.

cruce shibuya109 @tokio, japón

Y así podemos seguir hasta nunca cansarnos, porque pasar unos días en Tokio es revivir o mejor dicho experimentar lo que viviremos en un futuro una vez que hayamos vuelto a nuestro país de origen. Así es la capital de Japón, un país que se reinventa continuamente y que ha sabido transformar su difícil paso por un conflicto mundial y reconvertirlo en energía positiva, vibrante y llena de sentido tanto para sus habitantes como para el resto de los ciudadanos globales que hoy habita nuestro planeta.


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Publicado por Doris

Muchas cosas no se pueden averiguar pensando, hay que vivirlas (Michael Ende)
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