La construcción de Santa Sofía (parte 2)

En el primer artículo de esta serie, abandonamos Constantinopla y la construcción de Santa Sofía en el punto en el que todos los elementos confluyeron para erigir la iglesia más espléndida jamás construida.

Interior de Santa Sofía
Interior de Santa Sofía. Copyright Rafa Pérez

Tabula rasa

Tras aplastar toda resistencia en Constantinopla, el emperador Justiniano se había hecho de nuevo con las riendas del imperio y podía volver a concentrarse en sus ambiciosos proyectos. Y dado que durante la revuelta de Niká una buena parte de Constantinopla había quedado arrasada por las llamas, más los baños públicos, las dos iglesias más importantes de la ciudad (Santa Irene y Santa Sofia), el edificio del Senado e incluso la entrada principal del Palacio Real, que habían sido totalmente devastados, la ocasión se presentaba propicia para curarle las heridas, lavarle la cara y realzarle los pómulos a la capital del Imperio Bizantino. Augusto, el primer emperador romano, presumía de haber heredado una Roma construida en ladrillo que luego él había transformado en una capital imperial revestida de mármol; otro ilustre emperador, Justiniano, haría lo mismo con la nueva capital, Constantinopla.

Nunca antes habían visto los ciudadanos del imperio semejante frenesí constructivo. Volvieron a aparecer hospitales y baños, las fortificaciones de Constantinopla fueron reforzadas; se construyeron puentes que atravesaban el mar, se fundaron nuevas ciudades y las comunicaciones fueron perfeccionadas y agilizadas a lo largo y ancho del imperio. Esta alegría edificadora logró transmitir optimismo a la sociedad bizantina, y parecía que todo volvía a estar al alcance de Constantinopla.

Pero lo mejor, la obra más impresionante de todas, Justiniano lo guardaba para el final. Y aún antes, ordenó levantar un nuevo y suntuoso edificio senatorial, y muy cerca fueron erigidas tres estatuas de tres reyes bárbaros, postradas en dirección a una gran columna coronada por una estatua ecuestre del mismo Justiniano. Al oeste de la columna, el emperador mandó edificar una masiva cisterna subterránea que regara los numerosos baños públicos y fuentes de la capital, y proveyera de agua fresca a todos sus habitantes. Constantinopla refulgía con las nuevas construcciones, pero, para el emperador, esto no era más que el prólogo. Justiniano estaba satisfecho; ahora es cuando podría concentrarse en EL proyecto que superaría a todos los anteriores.

Constantinopla
Recreación de Constantinopla en su época de máximo esplendor, con Santa Sofía al fondo. @Byzantiumnovum.org

Para ello, Justiniano mandó llamar a los dos arquitectos más prestigiosos de su época, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. El primero era un reconocido matemático e ingeniero griego, que ya había impresionado al emperador en la construcción de dos edificios anteriores en Constantinopla. Suya es la extraordinaria cúpula de Santa Sofía. El segundo, Isidoro de Mileto, había sido educado en Egipto y era considerado el mejor profesor de arquitectura de su tiempo. Justiniano reunió a ambos arquitectos y sólo les dio un par de sencillas –a la par que inquietantes– instrucciones: “1, haced de éste el edificio más espectacular del mundo, y 2, hacedlo rápido”.

Después de todo, el emperador ya había entrado en la cincuentena, y quería vivir para ver completada su obra más ambiciosa.

Mentes prodigiosas

Y aquí me permito un inciso para tratar sobre un asunto que siempre me ha fascinado: la capacidad sobrehumana de idear, planificar y trabajar de algunos grandes personajes de la historia, como el caso que nos ocupa de Justiniano I. Este señor ejerció como emperador durante 38 años, y fue educado desde su tierna infancia en las mejores escuelas de filosofía del mundo. Durante su juventud tuvo que estudiar y trabajar duro para destacar entre todos los aspirantes a gobernar, también en el ejército, y fue a los 35 años de edad, ya como cónsul pero sobre todo con la ascensión de su tío Justino al puesto de emperador en ese mismo año, que Justiniano supo que era simple cuestión de tiempo que él también fuera llamado a ser emperador.

Justiniano I
Justiniano I

Lo que me produce fascinación de la biografía de este y otros titanes de la Historia es leer de sus ambiciones y sobre todo de cómo trabajaban para llevarlas a la práctica. Hablo de personajes de la talla de Alejandro Magno, Aníbal Barca, Qin Shi Huang (primer emperador de China), Julio César, Augusto, Constantino el Grande, Justiniano I, Mahoma, Carlomagno, Genghis Khan, Napoleón y tantos otros colosos. Me refiero a que una vez en el poder, estos señores dispusieron de todo su tiempo para dedicarse a las empresas que consideraron más importantes, ya fueran impuestas (amenazas externas) o surgidas de su propia mente. O sea, hablamos de personas que tras llegar al máximo escalafón social nunca más se preocuparon de preparar la comida, de fichar en el trabajo o de llevar los hijos al cole; sus preocupaciones estuvieron en otro universo muy diferente al nuestro. Salvo crisis y contingencias de estado, nadie les imponía agenda ni horarios, escogían pasar sus horas de trabajo donde más les convenía y básicamente disfrutaban de todas las libertades para dedicar su tiempo y su vida a sus objetivos primordiales.

Y paradójicamente, en esa brutal capacidad de decisión, en esa plena disponibilidad de su tiempo y en esa libertad era donde precisamente se ocultaba una dificultad máxima, la que hizo que la gran mayoría de los personajes que se encontraron con un inmenso poder se estrellaran y no consiguieran apenas trascender: sin inteligencia, voluntad ni coraje, sin clarividencia y objetivos claros, sin grandes dosis de disciplina y tesón; pero con dudas, indulgencia y dispersión; con pereza, temor y desconfianza era y sigue siendo muy fácil perder el camino de los sueños y no volver a encontrarlo. En muchos casos debió de ser muy tentador entregarse a distracciones y a los pequeños placeres de la vida, a las alabanzas y la complacencia de los demás o al revés, a la desconfianza, la sospecha y el miedo, para al final de sus vidas no conseguir los objetivos anhelados, pese a disponer de todos los medios.

Justiniano, al igual que los otros personajes ilustres de la Historia mencionados anteriormente, tuvo tiempo durante su reinado de legislar, gobernar, comandar a sus ejércitos en diferentes campañas, ejercer la diplomacia, fundar ciudades, planificar y supervisar la construcción de edificios magnos y resolver crisis, entre otros miles de proyectos. Pero al mismo tiempo tuvo que luchar con sus celos, desconfianza y miedos hacia el también extraordinario general Belisario, hubo de superar la muerte de su querida esposa Teodora y finalmente transitar por unos últimos años en donde parecía que se desvanecerían la fama y todos sus logros. En cualquier caso, los éxitos y fracasos de Justiniano fueron el resultado de una mente prodigiosa comandada por una voluntad extremadamente ambiciosa, clarividente y aplicada. Personalmente, lo encuentro fascinante.

El gran hito arquitectónico de la Antigüedad tardía

Pero volvamos de nuevo a la Constantinopla de mediados del siglo VI y al proceso de restauración más ambicioso que había visto la capital en sus doscientos años de existencia.

Constantinopla se había puesto guapa, pero faltaba la restauración más importante, la guinda del pastel, y Justiniano no tenía intención de edificarla según los vetustos planes de épocas pasadas. Tenía ante sí la oportunidad de rehacer la catedral de Santa Sofía en una nueva escala nunca vista antes, reflejo de la visión de estado y la grandeza del mismísimo emperador, esculpida en ladrillo, mármol y piedras preciosas.

Así que Justiniano mandó comenzar a sus dos prestigiosos arquitectos, y éstos arrancaron unos trabajos que duraron 5 años, cumpliendo a la perfección con su objetivo: construir un nuevo edificio innovador y sin parangón en el mundo, el orgullo de todo un imperio.

Santa Sofia idealizada, sin minaretes y con la cúpula restaurada
Santa Sofia idealizada, sin minaretes y con la cúpula restaurada. Fuente Newbyzantines.net

Un edificio revolucionario en todos los sentidos

Los dos arquitectos, lejos de amilanarse ante el reto, cumplieron con creces con la titánica tarea, y el edificio resultante fue considerado la iglesia más bonita jamás construida. Innovaron en la estructura de Santa Sofía a varios niveles, pero fue sobre todo con la construcción de la cúpula que conmocionaron al mundo: la estructura escalonada que la alzaba a 50m de altura, una sinfonía de domos combinados que soportaban el techo abovedado más grande del mundo, sigue siendo digna de admirar.

Arquitectura de Santa Sofía

La construcción de Santa Sofía fue completada en un tiempo absolutamente récord: desde que se colocó la primera piedra hasta el remate final de la estructura transcurrieron solamente 5 años, 10 meses y 4 días, todo un logro que tardó siglos siquiera en igualarse. Para conseguirlo, y recordando una de las máximas de Justiniano (‘y que sea rápido’), los arquitectos decidieron dividir la mano de obra en dos equipos de 5.000 trabajadores cada uno; un equipo trabajaría el lado norte de la construcción, el otro el lado sur, y les hicieron competir entre sí para ver quien acababa antes con su mitad del trabajo.

Para poner un poco en perspectiva lo maravilloso de este logro de la construcción civil de todos los tiempos, otros famosos edificios edificados con posteridad tomaron mucho más tiempo en su construcción: la catedral de Westmister llevó 33 años construirla, Notre Dame llevó otros 100 años en su construcción, y el Duomo de Florencia y su fabulosa cúpula, nada menos que 230 años. Santa Sofía los había superado a todos antes, y con una altura de 50 metros se convirtió en la iglesia más alta de mundo, distinción que conservó durante nada menos que 700 años.

Un interior que impresionaba, el tesoro de la Cristiandad

La fachada original de Santa Sofía consistía en una perfecta fusión de estilos clásicos y bizantino, y contenía elementos de todo el imperio: 8 columnas del Templo del Sol en Roma, mármol verde de Éfeso, así como piedras preciosas de Esparta, Egipto, Libia y el norte de África. Y sin embargo, nada de esto era comparable con el interior del templo: el suelo, que ocupaba cuatro acres, estaba completamente cubierto de mosaicos dorados e iluminado con innumerables lámparas de oro, provocando una explosión de brillo que conmocionaba y producía asombro por igual a los visitantes inadvertidos. Éstos debían de llevarse la impresión de que el interior estaba tan repleto de luz y brillo que el edificio transpiraba sacralidad por todos sus poros.

También había un iconostasio macizo de más de 15 metros de altura, y un altar cubierto con incrustaciones de oro y piedras preciosas. Y por si esto fuera poco, el interior de Santa Sofía atesoraba varias de las reliquias más importantes de la cristiandad, que incluían la cabeza de San Pedro, la cruz verdadera de Cristo, los clavos y el martillo de la Pasión, la mesa de la Última Cena y las cadenas de San Pedro.

Santa Sofía fue sin duda el edificio más importante de la historia del Imperio Bizantino, el lugar en donde los emperadores romanos de Oriente fueron coronados. Atesoraba un interior tan magnífico, suntuoso y lleno de simbolismo cristiano que no dejó de abrumar y conmover a los visitantes que tuvieron y siguen teniendo la suerte de visitarla, desde los estupefactos cruzados provenientes de una Europa Occidental mucho más pobre, lúgubre y oscura a los incrédulos otomanos que la tomaron por la fuerza y la convirtieron también en el símbolo de su religión. No fue la mayor penuria que sufriría Santa Sofía, antes las huestes de la tercera cruzada y la República de Venecia habían profanado el templo y arrasado con todas las riquezas y reliquias que encontraron. Pero eso es otra historia.

Mil quinientos años después, Santa Sofía sigue provocando el orgullo y la admiración de propios y extraños, continúa siendo el templo que abruma y sobrecoge al visitante más exigente y preparado, es el último vestigio de una época, que permite por momentos retirar el velo de 15 siglos en la historia de Estambul para acto seguido entornar los ojos, respirar hondo e imaginar cómo de magnífica fue Constantinopla en su época más gloriosa.

“Salomón, te he superado”

El emperador inauguró con mucha pompa la nueva basílica el 27 de diciembre de 537. Justiniano había hecho un trabajo magnífico; y él mismo, al entrar por primera vez en Santa Sofía, emocionado y embelesado, pronunció la célebre frase: “Salomon, te he superado”.

Agradecemos especialmente a nuestro amigo Rafa Pérez la cesión de la magnífica foto del interior de Santa Sofía que ilustra el comienzo de este artículo.

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Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."
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