Diario de un viaje solidario en Honduras – Utila (II)

Si no leiste la primera parte del Diario del viaje de Ignacio Bustamante, descubre su llegada a La Ceiba y la escuela de la selva.

Después de la escuela, estos días he estado yendo a la playa que tengo a dos calles de mi casa, o como aquí dicen, a dos cuadras de mi casa. Lo especial de la playa de la Ceiba es la falta de turistas agolpados entre hamacas y cócteles exóticos para cederte el privilegio de descubrir la forma de vida de las unidas familias ceibeñas y sentirte así parte de ellos.

Estrella en el Mar Caribe de Honduras
Estrella en el Mar Caribe de Honduras

Ayer, yo y mi nueva amiga Tessa, una voluntaria Suiza de pelo claro, largo y ondeado y de sonrisa embriagadora, cogimos un ferry y nos fuimos por la mañana a la isla de Utila, una isla caribeña que forma parte de las islas de la Bahía. Tras ver la parte no privada de la isla, y haber comido y tomado un baño en las cálidas y turquesas aguas del caribe, decidimos buscar un barco de pescadores que nos hiciera el favor de llevarnos a Jewel Cay.

Un barco patronado por un niño acababa de zarpar. Corro por el muelle y le grito: ¿Vas a los callos? Contando que en las islas de la bahía se habla en un inglés cerrado e inteligible, no entendió palabra de lo que le dije. Sin embargo el niño y su acompañante, un hombre más mayor, dieron la vuelta y negocié con ellos un precio para que nos llevaran a este callo. Acordamos 50 lempiras para llevarnos a mi amiga y a mí, lo que viene siendo dos euros, y nos montamos a bordo de un barco pesquero colmado de aparejos de pesca, cuerdas, hachas y sangre derramada por el suelo.

El viaje duró aproximadamente media hora y fue algo de otro mundo. Íbamos navegando en medio de la inmensidad del caribe. A un lado el mar se abría lejano y al otro lado íbamos bordeando la isla de Utila observando sus playas y sus selvas, las casas con su muelle privado a la orilla del agua esmeraltada, y los interminables campos de palmeras que le dan el toque característico a las playas del caribe.

Buceo en Utila
Buceo en Utila

Llegamos a la isla. Creo que nunca había visto nada más auténtico y más bonito. Un olor a pescado fresco y a aire perdido nos abordó nada más pisar el muelle de aquel islote sostenido sobre las aguas caribeñas. Era un pequeño pueblecito de pescadores con una sola calle que se cruzaba en 5 minutos. Era encantador, era de cuento, de película… lo que fuera, menos algo real. Los niños se bañaban en una especie de piscina que formaba el mar, los pescadores cortaban y trabajaban con el pescado. Los hombres jugando al dominó en el porche de sus casas y las mujeres con las puertas abiertas de sus casas entretenidas en sus labores domésticas.

Ni un solo extranjero. Éramos dos intrusos en esa pequeñísima islita con un aroma y un encanto especial.

Nos alojamos en el único hotel de la islita, el Captain Morgan´s, un hotelito sencillo metido por completo en el mar, como casi todas las casas de la isla. La habitación, sencilla y un poco sucia, tenía vistas al mar, y las escasas olas golpeaban las columnas que sostenían la casa sobre el agua.

Jewell Cay
El mar contra las rocas en Utila

Los dueños del hotel nos dejaron unas aletas y unas gafas y nos tiramos al agua a ver los famosos corales y peces de la zona de las islas de la bahía, que posee el segundo arrecife de corales más importante del mundo. Estuvimos buceando casi dos horas y fue algo irrepetible. El sol cayendo al atardecer y nosotros en medio del mar viendo corales de distintos colores y peces que parecía que emitieran luz propia desde adentro.

Buceamos hasta un pequeño islote deshabitado, donde nos sentamos en la blanca arena de la orilla a ver caer el sol. Más tarde volvimos al hotel a cambiarnos y cenamos en la terraza de la tercera planta de una cafetería. El pueblo por la noche era tranquilísimo. En la iglesia, el cura daba una misa en inglés mientras que un hombre a su lado tocaba la guitarra eléctrica al son de su canto. Los niños jugaban en la calle, en las pequeñas tiendas de comida aún abiertas sonaba la telenovela de la noche con sus dependientes sumisos a ella. Pasada la media noche, algunos pescadores volvían con sus barcos de un lardo día de pesca.

A la mañana siguiente alquilamos un kayak y marchamos recorriendo varios cayos, algunos de propiedad privada, y alguno deshabitado. Fuimos parándonos en aquellas playas que más nos gustaban y disfrutamos de la gran soledad que habitaba aquel paraíso terrenal, sin más indicios de vida humana que la nuestra.

El Caribe y sus playas son algo de otro mundo. El mar se difumina en mil tonos de colores azules y la arena, blanca como la harina le da ese toque de transparencia y pureza a las inconfundibles, añoradas y deseadas playas del Caribe.

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Autor: Ignacio Bustamante

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Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."
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