La falacia de vivir como un local

La falacia de vivir como un local

“Vivir como un local” es la promesa, huir de hoteles y demás alojamientos genéricos porque son no lugares, porque son todos iguales, igual de impersonales, no importa a donde vayamos. Habitar por unos días casas y apartamentos de particulares, comer en sus platos, dormir en sus camas, ojear las páginas de sus libros: disfrutar de una experiencia más auténtica y real.

Sin embargo, vivimos en unos tiempos en que reinan las aproximaciones, las emulaciones, los sucedáneos; nos conformamos con un amago, con un ensayo breve de lo que creemos que es vivir otras vidas en otros destinos, y los anfitriones se contentan también con más bien poco: con serlo desde la distancia.

Quizá deberíamos inventar un nuevo término para referirnos a esta hospitalidad virtualizada, a este nuevo tipo de anfitriones ausentes. Nos adentramos en sus espacios personales decorados con sus recuerdos y pertenencias, con sus cosas del día a día; usamos sus utensilios de cocina y memorizamos la marca de sus galletas preferidas, objetos cotidianos que nos acercan a estas personas ausentes por pura empatía, como si desprendieran un poco de calor humano que nos reconforta, aunque a una distancia más que prudencial.

Porque nuestros anfitriones no están, apenas los hemos visto por unos minutos, ese es el trato y no lo querríamos de ninguna otra manera: dime cómo dar la luz y encender el lavavajillas, cuál llave abre qué puerta, cómo me conecto al wifi, muchas gracias y hasta luego. Cerramos la puerta y fantaseamos sobre estas otras vidas; usamos de buen grado sus toallas y revistas de baño, olisqueamos la ausencia temporal en habitaciones silenciosas y privadas, creemos oír los mismos ruidos de la calle que ellos. Habitamos sus espacios a sabiendas de que esta vida de alquiler no es del todo real, que se trata de una aproximación en el mejor de los casos, y quien sabe si ellos se encuentran ahora en otra casa fantaseando con la vida de otros anfitriones a su vez.

Una actividad la de alojar a extraños que se remonta al inicio de los tiempos, transformada en una pseudo-experiencia de esas que nos ofrecen Internet y las sociedades del siglo XXI, con normas claras de uso, con términos legales y con seguro a todo riesgo; una productivización de otra parcela más de nuestras vidas para llegar a fin de mes, un nuevo servicio de experiencias de viaje empaquetado y confirmado vía e-mail.

Nuestros anfitriones anuncian en la famosa web, al igual que todos los demás, que sus viviendas son realmente acogedoras, y lo podemos comprobar en las fotos que presentan habitaciones perfectamente ordenadas, repletas de productos de cierta marca sueca. Combinaciones de colores alegres y desenfadados, presentados bajo la mejor iluminación posible. Promesas de estancias perfectas, tips de transporte y de los mejores restaurantes de la zona nos esperan, esos que sólo conocen los locales. Con suerte hablamos con ellos unos minutos, nos encontramos en el punto acordado y arrancamos conversaciones funcionales, rápidas y atropelladas. Finalmente nos entregan sus llaves y se marchan; entramos en sus casas, peor iluminadas que en las fotos y algo más pequeñas, pero ya nos lo imaginábamos (siempre lo hacemos).

Nos reconfortan las fotos de familia con caras sonrientes, también los mensajes positivos que cuelgan de algunas paredes: hablan de respeto, de amor y de abrazarse a menudo (qué bien que compartimos valores). Salimos a la calle porque tenemos tanto por explorar, quizá todavía rumiando un poco sobre cómo sería vivir nuestra vida en este lugar, en esta casa, ya sabemos, aunque sólo sea para ambientarnos en este viaje que no ha hecho más que comenzar.

Volvemos por las noches a descansar a nuestra morada, ya nos conocemos la distribución casi de memoria (¡hemos repasado las fotos tantas veces antes de venir!), pero siempre nos acaban sorprendiendo un montón de pequeños detalles inesperados. Estamos cansados, nos distraemos abriendo algunos libros escritos en un idioma extranjero, ¡aaah! nuestra anfitriona de hoy parece realmente interesada en la sicología y sus hijos tienen toda la colección de cómics de Tintín. Calentamos algo en el microondas y servimos la comida en sus platos, comenzamos a sentirnos un poco como en casa, justo lo prometido.

Nos sentimos aliviados por ello, incluso porqué no decirlo, algo especiales –mejores en cualquier caso que otros turistas que van de crucero (¡horror!) o que se alojan en hoteles– porque sabemos organizar nuestros viajes mejor que ellos, porque vamos más allá y nos salimos de lo convencional en busca de experiencias únicas, porque tomamos riesgos, porque somos viajeros en pos de vivencias más auténticas. Sí, es así, y nos sentimos lo suficientemente generosos para dejar a nuestros amables desconocidos un vino o unos dulces en la mesa del comedor, con el mensaje manuscrito: ¡¡gracias por vuestra hospitalidad!!

Pero incluso en nuestro rol de inquilinos temporales, no somos del todo inocentes: pasamos a formar parte de esa tropa de extraños que ocupan viviendas antes habitadas por vecinos, arrastrando maletas arriba y abajo a horas intempestivas, miradas desconocidas y fugaces que se entrecruzan en los pasillos, contribuimos a erosionar en los lugareños algo de la sensación de vivir en comunidad, de compartir el ascensor y los buenos días con otros vecinos que ahora han cedido sus espacios al turismo. Ponemos por tanto nuestro granito de arena para que estas personas se sientan un poquito más solas en su entorno y, paradójicamente, la conectividad permanente de que disfrutamos hoy en día de nuevo provoca superficialidad y desconexión entre las gentes más cercanas.

Pero poco nos importa todo esto al fin y al cabo, termina nuestro viaje y abandonamos la casa o el apartamento, depositamos las llaves donde acordamos con el dueño, echamos una última mirada a esta vida local de quita y pon y cerramos la puerta con satisfacción; miramos qué hora es por si vamos bien de tiempo de camino al aeropuerto, y nos preguntamos alegremente: ¿cuál será nuestro próximo destino? ¿y qué otras vidas nos tocará vivir?

#alojamientos#experiencia#reflexiones#turismo

Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."
1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *