El puente de la vida

El puente de la vida

Los puentes son por definición obras destinadas a la comunicación, y suelen dar vida a las riberas que los sustentan. Los hay antiguos y los hay modernos, pequeños o enormes y kilométricos, de arquitectura y estética interesantes o simplemente funcionales y anodinos. El puente Don Luis I de Oporto presenta todo lo mejor de estas estructuras, y es además uno de los viaductos más hermosos, vivos y emblemáticos de Portugal y de Europa.

Construído a finales del s. XIX por Théophile Seyrig, quien había ganado el concurso con una mejor propuesta que su socio más famoso y recordado Gustave Eiffel, el puente Don Luis I rápidamente se convirtió en uno de los símbolos por excelencia de Oporto, tanto por sus contundentes y equilibradas formas forjadas en acero como por las posibilidades comerciales que abrió para una ciudad que continua siendo el epicentro económico de Portugal.

Posee dos pisos. El superior cuenta con 390 metros de longitud y el inferior con aproximadamente 174 metros. Mientras que por el primero transcurre la línea D del metro de Oporto, el segundo está dedicado al transporte rodado. En ambos hay carriles para transeúntes, con pasarelas que comunican los dos niveles. La principal característica del puente Don Luis I es sin duda el magnífico arco de hierro que une las localidades de Oporto y Vila Nova de Gaia en un apretón de manos contundente y metálico, pero existe otro detalle más hermoso en este viaducto centenario que dio vida renovada a la capital del Duero, una vida que en justa correspondencia le ha rodeado desde entonces. Su posición privilegiada entre el animado barrio Ribeira de Oporto y la ciudad donde se encuentran la mayoría de las bodegas de vino de Oporto hacen que el Dom Luis siempre esté concurrido, y en verano nunca hay que perderse la osadía y las acrobacias de los jóvenes tripeiros que se colocan en su primer piso y saltan desde una altura de 15 metros a las mansas aguas del Duero.

Contemplarlos es recordar la juventud, esa necesidad de hacerse ver, de reivindicar la propia existencia; esas ganas y ese nervio, el no tener miedo pero sí incertidumbres, la querencia constante de reafirmarse ante los amigos y la sociedad, de demostrar aptitudes y valentía, de buscar un hueco en el mundo. La seguridad de unos cuerpos jóvenes, elásticos e infatigables, el exhibicionismo desacomplejado, alegre y presumido.

Verlos saltar del puente una y otra vez es pensar en las generaciones de jóvenes que se suceden una tras otra y de la manera más natural, en un ciclo de la vida que es maravilloso y triste al mismo tiempo. ¿Cuántos fueron una vez jóvenes y saltaban del puente Don Luis I, y hace cuánto que ya no lo hacen? ¿Y observarán éstos con añoranza y envidia a los jóvenes que recogieron su relevo?

Hubo un tiempo en que nosotros también vivimos unos años de juegos y aventuras, sin responsabilidades, con todo por hacer y por demostrar. Con la vida por delante, ¡qué época más hermosa!

Saltando desde el puente Luis I de Oporto

Un chico casi en la mayoría de edad, esbelto y musculoso se destaca de los demás saltadores y se planta ceremonioso al borde del puente, extiende los brazos y se lanza a las aguas por enésima vez. Aunque, ¿quien sabe si será éste su último salto? Uno no puede evitar preguntarse si él mismo lo sabrá cuando llegue el momento, o simplemente llegará un día en que ya no irá a saltar, sin más. Una adolescente más joven se lanza después con la misma valentía y determinación, una chica de esas que demuestran que el deporte y la aventura no conocen géneros. Le siguen dos chavalitos de no más de trece años que se diría que están comenzando en esto: quien sabe, quizá sea su primera experiencia. ¡Qué emocionante si fuera así! Sin duda estarían ante uno de los grandes recuerdos de su vida.

Podría estarme horas mirándolos saltar, y cuando me retiro no puedo evitar pensar que hubo un tiempo en que yo también saltaba, en que yo también competía con hermanos y amigos. Aunque fuera desde las rocas de la Costa Brava catalana, aunque no recuerde haber saltado al mar desde semejante altura. Pero la excitación, la necesidad de diversión, la adrenalina, la inconsciencia, la felicidad despreocupada también estaban ahí sin duda, luego se fueron apagando con los años.

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Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."
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