Las lágrimas de Meng Jiangnu

Las lágrimas de Meng Jiangnu

La leyenda de las lágrimas de Meng Jiangnu es antiquísima, y forma parte del folclore y la historia de China. Meng Jiangnu fue una doncella cuyo llanto enrabietado causó el colapso de toda una sección de la Primera Gran Muralla China. La heroína de nuestra historia amó, sufrió y se lanzó a un largo viaje en pos de su amado, donde vivió grandes vicisitudes y peligros. En el tramo final de su aventura conoció al último símbolo del poder del estado chino: su Primer Emperador, y finalmente Meng Jiangnu se negó a claudicar ante él, escogiendo el camino del honor.

La siguiente es una versión de tantas sobre la leyenda de las lágrimas de Meng Jiangnu, deliciosamente ilustrada por Juan Antonio Martínez, gran amigo blogger de Somosviajeros. Retrocedamos pues 2.200 años en el tiempo, a la época en que China aparecía por primera vez en la Historia.

Las lágrimas de Meng Jiangnu

Érase una vez una joven estudiante llamada Meng Jiangnu, que vivía en la prefactura de Songjiang, al sur del río Yangtze. Versada en caligrafía, pintura, música y ajedrez, la chica también tenía buenas maneras para la medicina, y era muy querida en su comunidad.

En esta época, la Gran Muralla que había mandado erigir el Primer Emperador de China pasaba por dificultades: no era extraño ver cómo al levantamiento de una nueva sección le sucedía el colapso de otra más antigua. La situación se presentaba como una oportunidad para Zhao Gao, un corrupto oficial de alto rango de la corte, quien quería desesperadamente destacar ante los ojos del emperador. Zhao le sugirió a Qin Shi Huang –profundamente supersticioso– que para solucionar el mal fario debía enterrar un hombre por cada li (unidad de medida en la antigua China) de la muralla. Se trataba, nada más y nada menos, ¡que de enterrar a 10.000 hombres vivos! Parecía una locura incluso para el emperador de las grandes proezas, así que el oficial sugirió que podía bastar si se enterraba a cambio a un reconocido estudiante de Suzhou, llamado Fan Xiliang, que se decía equivalía en valor a 10.000 hombres. Esta sugerencia sí que la vió factible Qin Shi Huang, e inmediatamente ordenó enviar a los soldados que habrían de arrestar al desafortunado joven.

Las malas noticias llegaron pronto a oídos de Fan Xiliang, quien con buen criterio decidió disfrazarse y escapar antes de que lo apresaran. Y tras varios días de marcha furtiva, Fan Xiliang llegó a una pequeña villa en la prefactura de Songjiang, y viendo la puerta entreabierta que conducía a un precioso jardín, decidió adentrarse y pasar allí la noche.

A la mañana siguiente, cuando Meng Jiangnu se encontraba oliendo e inspeccionando las rosas de su jardín, se topó con el joven estudiante; y tras el susto, alertó a sus padres.

Impresionado por el talento y el grácil aspecto del joven, el padre de Meng Jiangnu le propuso inmediatamente que se convirtiera en su yerno. Fan, aunque muy halagado, declinó amablemente la oferta: 'como fugitivo', dijo, 'no tengo futuro'. Meng, sin embargo, no objetó nada, y así fue que los preparativos de la boda comenzaron.

Los días pasaron y llegó el esperado momento del enlace, y justo cuando la pareja estaba arrodillada ante el altar y apunto de contraer matrimonio, los enviados imperiales irrumpieron en la ceremonia y arrestaron a Fan Xiliang. La novia, desolada, cayó al suelo envuelta en su propio vestido de bodas, llorando desconsoladamente.

Mientras los oficiales del emperador se llevaban a Fan Xiliang, éste se despedía apresuradamente de su amada:

'Mi señora, no te aflijas demasiado. Una vez me lleven, no habrá futuro para mí. ¡No guardes esperanzas sobre mi regreso!'

Cuando el joven estudiante fue conducido ante la Gran Muralla, una imagen terrorífica de hileras e hileras de esclavos y trabajadores realizando trabajos forzados le estaba aguardando: se trataba de la construcción de la Gran Muralla ChinaMoriría de buen grado si mi sacrificio sirviera para salvar la vida de miles de otros', se cree que dijo entonces Fan Xiliang. Y así fue que pasados tres días, el mártir yacía enterrado vivo en los cimientos de la muralla, un futil sacrificio a la crueldad y a la ignorancia humanas.

El largo viaje de Meng Jiangnu

Mientras tanto, Meng Jiangnu lloraba la marcha de su amado día y noche, con tal desasosiego que no podía ni comer ni dormir. Y al pasar tres días desde el secuestro de su prometido, Meng decidió que no lo soportaba más, se cubrió con ropas de abrigo y partió en búsqueda de Fan Xiliang.

Al amanecer de su segundo día de viaje, Meng llegó al paso de Hushu. Los guardias del paso le exigieron un peaje, como era costumbre, pero Meng no tenía dinero.

– ¿Cómo pretendes llegar hasta la Gran Muralla sin dinero?

Meng Jiangnu replicó:

– Mi determinación por encontrar a mi gran amor es tan grande que ni las altas montañas ni las grandes distancias me han de frenar en mi empeño. Sé que algún día llegaré a la Gran Muralla, aunque se encuentre a diez mil li de distancia. Y como los antiguos, tocaré la flauta de bambú y pediré limosna, si es necesario. La fe y la perseverancia mueven montañas.

Uno de los centinelas, al descubrir que Meng Jiangnu sabía cantar, le pidió que entonara una melodía como pago para poder atravesar el paso. La muchacha escogió una canción que arrancaba hablando sobre flores en invierno pero que hábilmente se centraba en el drama de la separación de dos amantes y su firme resolución de volver a unirse. Al finalizar ésta, los guardianes estaban tan conmovidos que la iban a dejar pasar, pero entonces apareció el superintendente del paso y dijo:

– '¿Por qué habrías de ir a la Gran Muralla, dulce chiquilla? Mejor será si te quedas aquí y te casas conmigo'.

Y la hizo arrestar. Pero los guardias, que ya simpatizaban abiertamente con Meng Jiangnu y su causa, dejaron la puerta de su celda abierta al anochecer en un descuido simulado, y prendieron fuego al guardarropía para desviar la atención del superintendente y que Meng Jiangnu pudiera escapar.

Cuando Meng se alejó lo suficiente del paso, estaba tan exhausta que calló al suelo desfallecida. Al despertar, se encontró que la estaba cuidando una anciana, que le ofreció unas bayas que según dijo le proporcionarían una gran energía. La muchacha confió y comió una baya, y efectivamente se sintió recuperada de inmediato. Días después, al llegar a la orilla del gran río Yangtze, Meng comprobó desesperada que no había ni puente ni barcaza que la pudieran trasladar al otro lado.

– 'Querido marido', lloró. 'He pasado por demasiadas penalidades para descubrir ahora que un río me impide continuar. ¿Qué debo hacer?'

En los cielos, el Emperador de Jade oyó su llanto y envió dos ángeles a la Tierra para ayudarle. Los dos ángeles se dirigieron hacia Meng Jiangnu, la asieron de los brazos y la transportaron al otro lado de la orilla del río en un santiamén.

Meng Jiangnu llega a la Gran Muralla China

Aún quedaba mucho camino por delante, pero Meng Jiangnu lo cubrió con la misma determinación de hierro que la había movido a iniciar el viaje. Y al final se plantó delante de la Gran Muralla China, donde comenzó inmediatamente a preguntar sobre el paradero de su desdichado amor. Algunos decían que se encontraba en el lado este del muro, mientras que otros apuntaban en dirección contraria. Finalmente, un capataz de las obras oyó que Meng andaba buscando a Fan Xiliang, se acercó a la muchacha y le dijo la verdad:

– Fan Xiliang murió tres días después de venir a la Gran Muralla. No tiene sentido traerle ropas de invierno. Lo mejor sería que te volvieras para casa.

Meng explotó en llanto y un río de lágrimas comenzó a surcar sus mejillas, mientras gritaba:

– 'Para reunirme con mi marido he padecido grandes penalidades y superado muchos peligros, ¡sólo para recibir la triste noticia de que mi Fan Xiliang no necesita nuevas ropas! ¿Debo volver a casa sola y encarar una vida de desdicha y desolación?'

Mientras la joven manifestaba toda su frustración largamente contenida, el cielo se oscurecía y la tierra temblaba bajo sus pies. Y en su rabia desatada, Meng Jiangnu golpeó su cabeza contra la Gran Muralla, y una sección de 20 kilómetros cayó de inmediato ante sus pies.

Meng cayó inconsciente, y soñó que Fan Xiliang le decía:

– 'Es un hecho que mis huesos están enterrados en la Gran Muralla, junto a los de muchos otros. Para encontrarme, debes morderte un dedo y usar tu sangre para tocar los huesos que encuentres. Aquellos en los que penetre la sangre, son mis huesos'.

En encuentro de Meng Jiangnu y Fan Xiliang. Por @somosviajeros
El encuentro de Meng Jiangnu y Fan Xiliang. Por @somosviajeros

Meng Jiangnu despertó, había sido sólo un sueño. Pero ante ella aparecía ahora una montaña de huesos que el derrumbe de la muralla había dejado al descubierto. Así que la doncella se mordió un dedo, extrajo unas gotas de sangre y procedió con la macabra investigación. Y al final, hubo un esqueleto que absorbió toda su sangre: por fin había encontrado a su amado.

Con sumo cuidado, Meng Jiangnu envolvió los huesos de Fan Xiliang en sus ropajes de invierno, los asió contra su pecho y les dió un prolongado abrazo. Pero justo cuando iba a comenzar su penoso viaje de vuelta a casa, aparecieron un grupo de jinetes comandados por el malvado Zhao Gao, quien ante la escena clamó indignado:

– ¿Quién es esta muchacha que osa destruir la Gran Muralla? ¡Cogedla y llevadla ante la corte del emperador!

Meng Jiangnu y El Primer Emperador de China

Meng Jiangnu se hallaba en presencia del Primer Emperador. Éste, fascinado por la belleza de la doncella, le ordenó que se deshiciera de los restos de su amante y que se uniera inmediatamente a su séquito de cortesanas. Lejos de amedrentarse ante la presencia de Qin Shi Huang, Meng Jiangnu respondió con claridad y dureza:

– 'Su majestad ha causado la desgracia y la muerte de miles de hombres, y ahora también el sacrificio de un marido que valía por diez mil. Mi señor, habéis abandonado a vuestra gente. En un gran gobernante, ¡ésto es pura locura e indulgencia!'

Un tenso silencio siguió a las palabras de la joven. Zhao Gao fue el primero en romperlo:

– '¡Esta insolente debería ser decapitada por insultar al monarca!'.

Entonces, el Primer Emperador habló:

– 'Su crimen será perdonado si la chica accede a quedarse en la corte'.

Meng Jiangnu vaciló por unos segundos, pero luego aceptó, aunque bajo ciertas condiciones: primero, debería fabricarse un ataúd de oro que contuviera los restos de Fan Xiliang, que sería trasladado y enterrado en una tumba en las orillas del Mar del Este. Segundo, todos los oficiales de la corte deberían ir al entierro y llorar por su pérdida. Tercero, el emperador debería asimismo participar en la procesión del funeral, honrando al desdichado héroe con su presencia.

Complacido ante la sumisión de Meng Jiangnu, el Primer Emperador accedió a todas las condiciones.

Así pues, el funeral de Fan Xiliang tuvo lugar, y la viuda, vestida toda de blanco, escortó la comitiva que trasladó el ataúd dorado de su marido hacia un apacible lugar de la costa del Mar del Este. Y cuando la ceremonia del entierro tocaba a su fin, Meng Jiangnu se arrodilló frente a la tumba de Fan Xiliang, rezó y susurró:

– 'Esposo mío, ¡espérame y recíbeme a tu lado!'

Y entonces se lanzó al mar desde lo alto de un acantilado, y su silueta se perdió para siempre entre el oleaje espumoso del Mar del Este.

A día de hoy, una roca altiva y poderosa sigue emergiendo de entre las aguas de la antigua cabeza del Dragón (el nacimiento en el este de la Gran Muralla China). Se trata de la tumba de una viuda de coraje legendario, que vivirá por siempre en la memoria del pueblo chino.

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Agradecemos de nuevo a nuestro amigo Juan Antonio Martínez las ilustraciones que acompañan este artículo. ¡No os perdáis su blog Somosviajeros!

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#asia#China#leyendas

Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."
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