Homenaje a Japón

La semana pasada, coincidiendo con la devastadora noticia del terremoto de Japón, leí en mi TL un tweet que realmente me emocionó y que reproduzco aquí por su gran y profundo significado: “¿De qué están hechos los japoneses? No se quejan. No lloran. No se asustan. No exteriorizan”. En menos de 140 caracteres, alguien resumió perfectamente el carácter del japonés, un pueblo que ha sabido reinventarse una vez tras otra y que ahora intenta resurgir una vez más, como el ave Fénix, de sus cenizas. Este post fue escrito antes de la catástrofe, durante mi estancia este verano en Japón. Al igual que los japoneses, nosotros hoy apostamos por el resurgimiento de un país que, a lo largo de todos estos años, le ha demostrado al mundo cómo ser el referente ejemplar de la perseverancia, de la constancia y del saber mirar hacia adelante. Va dedicado a todos ellos.

Japón, sol naciente

Hiroshima, 2 de septiembre de 2010. Hoy no me apetece sacar fotos. Quizá sea porque mi cámara está estropeada desde ayer y apenas enfoca el mundo que hay al otro lado del objetivo, aunque ha logrado resistir hasta casi el último tramo del viaje. O quizá sea porque vamos a visitar el mayor testimonio vivo que queda en el mundo tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial: Hiroshima y sus víctimas.

La ciudad de Hiroshima es hoy una ciudad llena de luz y de paz, pero algo dentro de ella continua vacío. La gran explanada que todavía conserva el esqueleto intacto de la cúpula del edificio de la Camara de Comercio y Exposiciones sobre el que cayó inesperadamente la primera bomba atómica lanzada en la historia de la humanidad, aquel 6 de agosto de 1945 a las 8:15 de la mañana, y que todos sus habitantes todavía recuerdan, flanquea el Parque Conmemorativo de la Paz y sus alrededores, varios monumentos erigidos tras la catástrofe que sólo abogan por los deseos de paz genuina en el mundo y por la abolición de las armas nucleares.

Nos lo cuenta en primera persona Yamakoa Michiko, una de las supervivientes, quien con su carnet del gobierno japonés mostrando su condición de víctima en la mano, dedica su tiempo a ejercer de guía voluntaria para ayudar a su madre enferma, hoy seriamente afectada por los efectos de la radiación y ya en el ocaso de su vida. Nos cuenta también que los japoneses trabajaban por aquel entonces en otra bomba atómica, pero que su intención real era capitular. A unos 600 metros de altitud, aquella mañana fatídica de agosto, el Enola Gay lanzó la que en 43 segundos consiguió arrasar 29 kilómetros a la redonda de toda la vida que había a su alrededor. “Era como un gran sol”, relatan algunos de los supervivientes. Un gran sol que asoló la inmensa vida de un pueblo entero dejándolo en la más completa oscuridad. Más de 200.000 vidas y cientos de miles de supervivientes con graves heridas tanto físicas como psicológicas.

Yamakoa nos relata también la historia de Sadako, una niña que sufrió los efectos de la bomba atómica cuando tenía tan sólo dos años. Diez más tarde, tuvo que ingresar de urgencia en el Hospital de la Cruz Roja a causa de una leucemia provocada por los efectos de la radiación. A pesar del dolor, Sadako, animada por su madre y por su mejor amiga, dedicó todo su tiempo a hacer pajaritas de papel, convencida de que si conseguia llegar a mil se curaría su enfermedad y ayudaría a traer la paz a todas las víctimas del mundo. Aunque no llegó a ver finalizada su obra, algunas de las 644 pajaritas de papel se pueden ver todavía en el Museo de la Paz de Hiroshima.

Hoy, el rostro de los habitantes de Hiroshima es triste, sumiso y distante. Refleja el recuerdo de un pasado atroz no muy lejano del que afortunadamente, y gracias al caracter y a la laboriosidad ejemplar del pueblo japonés, consiguieron resurgir una vez más, siguiendo la senda del ave Fénix. Si tuviese que resumir en una palabra el rasgo más detacable del pueblo japonés, mi elección sería clara: el respeto. Un respeto muy posiblemente originado por la sumisión a la que, a través de reverencias como máxima expresión del mismo, los japoneses se han visto abocados a lo largo de siglos de ocupación y de sometimiento, desde la época feudal hasta el no tan lejano holocausto de Hiroshima. “Shikata ga nai”, no se puede evitar. Una máxima reveladora de este regalo al rendimiento. Los japoneses han sido siempre los primeros y los últimos en permanecer en reverencia y respeto ante el mundo y ante la naturaleza. En vez de erradicarla, han conseguido adaptarse a ella exitosamente. Y es que todavía hay algo más grande que el ser humano, y es la naturaleza en sí misma: la manera en la que han sido, son y serán todas las cosas. Algo contra lo que el hombre occidental se ha rebelado con el progreso, Japón y sus habitantes todavía lo conservan y lo veneran a día de hoy como un bastión de su tradición, asumiendo sus fenómenos y sus causas con una reverencia perpetua hacia la madre Tierra.

“Después de que fuera reducida a una llanura de escombros incinerados, surgió el rumor de que nada más crecería en Hiroshima durante los siguientes 75 años. Sin embargo, la vida nueva brotó en el otoño de ese año, las hierbas pronto renacieron y de los árboles resurgieron hojas verdes y flores bonitas. En una tierra que había perdido todos los signos de vida, el verde regresaba. Lo que esa vida nueva le dio a la gente no era otra cosa que el coraje y la esperanza de vivir” (Museo Conmemorativo de la Paz, City of Hiroshima, Japon. Septiembre 2010)

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#Japón#Segunda Guerra Mundial#terremoto

Publicado por Doris

Muchas cosas no se pueden averiguar pensando, hay que vivirlas (Michael Ende)

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