Dubrovnik a través de una cámara pinhole

Dubrovnik a través de una cámara pinhole

Esta es quizá la foto que más disfruté tomando en 2016 por estar totalmente presente, por el esfuerzo que me llevó su creación y por los recuerdos que evoca en mí; también por la anticipación de tener que esperar siete meses hasta poderla ver, pues primero no tenía prisa en revelar el carrete y después problemas técnicos me impidieron digitalizarla por largo tiempo. Muchas otras fotos han acabado siendo mejores tanto a nivel emocional como estético, y algunas me conmueven cada vez que las miro, sin embargo esta es una de las que mejor recuerdo.

La cosa fue más o menos así: después de desembarcar del crucero para la excursión del día a Dubrovnik nos condujeron en un autocar que nos dejó a las puertas de la célebre ciudad fortificada, y tras dar un breve paseo por las calles principales de la antigua Ragusa –que ya habíamos visitado en un anterior viaje–, buscamos una playa en donde darnos un chapuzón con los niños mientras contemplábamos las famosas murallas. La playa de Banje cumplía perfectamente nuestros requisitos y se encuentra al este de la ciudad, a unos quince minutos caminando tras salir del casco viejo de Dubrovnik; es una playa masificada y alegre, en donde descubrí la afición de los croatas por practicar deportes en el agua, desde lanzarse una simple pelota a conducir motos acuáticas. Este dinamismo lo volví a encontrar días después en la playa de Split con lo que doy por hecho que no es una diferencia casual con respecto a las playas españolas, donde la actividad principal consiste en relajarse y dorarse al sol.

La mañana de finales de junio era calurosa en Dubrovnik, sin embargo hacía rato que unos densos nubarrones venían anunciando una tarde pasada por agua. Así que después de secarme de mi último baño, agarré una de mis cámaras estenopeicas de las que ya he hablado anteriormente en el blog y me dirigí diligente hacia unos salientes rocosos desde los que se disfruta de unas inmejorables vistas de las murallas de Dubrovnik –aunque no tan espectaculares como la típica vista cenital de la ciudad fortificada que se obtiene desde la carretera y que está en todos los catálogos de viajes, pero ¿quien quiere repetir la misma foto por enésima vez?–. Allí planté el pequeño trípode y mi cámara de madera, nivelé el horizonte, medí la luz y estimé una exposición de 8 segundos. Y justo en el momento de tomar la foto, comenzaron a caer unas generosas gotas de lluvia que presagiaban lo que no tardó en llegar; una densa tormenta de verano que dio brillo a las calles empedradas de Dubrovnik mientras los turistas buscábamos agitadamente refugio en alguno de los pórticos de sus antiguos palacetes, esos edificios centenarios de bellas fachadas que los visitantes nos contentábamos con contemplar a distancia ya que hacían de fondos ideales para nuestros selfies. Porque lo cierto es que ni con sol ni con lluvia nadie queríamos saber gran cosa de aquello que fue la República de Ragusa, de cómo una pequeña ciudad del Adriático logró la independencia y floreció entre las potencias expansivas y de enormes recursos que fueron el Imperio Otomano y la República de Venecia, de cuan singular era su democracia y su sistema de gobierno, qué hizo que los barcos de su flota llegaran a ser famosos en los puertos de medio mundo durante la Edad Media, y de cómo fue y en parte continua siendo el carácter de estas gentes mezcla de las culturas iliria y eslava, marineras y emprendedoras. Y es que el pasado acaba viéndose reducido siempre a varios vestigios que vale la pena conservar y a unas pocas anécdotas que contar, y en aquel momento en que la lluvia arreciaba y nos estaba calando hasta los huesos, ni siquiera a eso.

Pero lo cierto es que no necesité nada de ese conocimiento para disfrutar de un día glorioso de verano en Dubrovnik; esta vez no me sorprendió lo intensamente volcada al turismo que encontré a la ciudad dálmata pues ya lo esperaba, ni la escasa cotidianidad local que parecía dibujarse en sus calles y plazas medievales, y en cambio dirigí mi atención hacia la vida extranjera que se manifestaba de todas las procedencias y colores, por ejemplo, donde las enormes y restauradas murallas de la antigua Ragusa se encuentran con el mar; lugares donde también podemos disfrutar de un buen baño, si no nos importa secarnos después en la dura piedra.

Quizá mi segundo encuentro con Dubrovnik fue más relajado que aquel de 2010 porque esta vez me presenté a la cita con mentalidad de crucerista: de aceptar la brevedad y la superficialidad de la visita que las circunstancias imponían, sin intentar forzar ni darle más vueltas. O quizá, y siguiendo la analogía de la fotografía estenopeica, donde la cámara no tiene una lente que marque el camino que sigue la luz ni impone cómo ésta se va a registrar en el material fotosensible, sino que se sirve de un simple y minúsculo agujero que la deja pasar libremente, dejando hueco a la serendipia y a la sorpresa… quizá el hecho de ir al encuentro con Dubrovnik sin expectativas me ayudó a disfrutar de la experiencia. Porque si mi tiempo y mi atención son tan limitados, quizá sea esa la actitud…

Uno de los antídotos para superar este interés meramente superficial por Dubrovnik son por supuesto los libros, especialmente el excelente ‘Cordero negro, halcón gris: viaje al interior de Yugoslavia’ de Rebecca West.

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Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."

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