El barrio Rojo de Amsterdam

El barrio Rojo de Amsterdam

Por dónde empezar… El Barrio Rojo de Amsterdam es enigmático y extrañamente interesante, por muchos motivos: allí se juntan los profesionales del sexo, los clientes, los turistas y sus guías, los curiosos, los canales y las bicicletas, la policía… Todos juntos bajo un manto de relativo silencio y de aparente normalidad –y uno llega a la conclusión de que es eso, normalidad–. Menos evidentes son los aspectos económicos y la industria que hay detrás, el proxenetismo encubierto, el morbo y la curiosidad, las ilusiones de hacer dinero rápido para lograr una vida mejor, los sueños rotos, las tareas del trabajo en sí.

El recorrido por este parque temático del desamor no está señalizado ni siempre es evidente: las chicas –porque la mayoría son mujeres– están ubicadas en pequeñas cabinas esparcidas por los canales y estrechas calles adyacentes que forman parte del distrito De Wallen, situadas desordenadamente entre pubs, comercios de souvenirs, restaurantes, coffee shops, etc. Sus lugares de trabajo se distinguen por una pequeña luz roja situada sobre el ventanal desde el que exhiben sus cuerpos semi desnudos; estas profesionales están muy pendientes de quien les pasa por delante y se molestan mucho por las fotos: mucho significa muchísimo, extremadamente, y que hacerles cualquier tipo de foto, incluso con móviles, ni siquiera el mostrarlos, puede acarrearnos serias protestas e incluso traernos problemas; esto hay que tenerlo siempre muy en cuenta, porque aunque el mercado del sexo se nos muestre públicamente y sin tapujos, no debemos banalizarlo ni mostrarnos irrespetuosos.

Las vitrinas vacías, las cortinas cerradas son indicativas de que se está realizando un servicio; los precios supuestamente están alrededor de 100€ la media hora. Los policías están presentes y visten de paisano, incluso se hacen pasar por turistas. La aparente naturalidad de la situación, de nuevo el silencio en las calles, las miradas furtivas que se encuentran brevemente entre proveedores y potenciales clientes, el juego de llamar la atención más que la competencia, los fugaces interrogatorios visuales o verbales, las torpes negociaciones… También la mezcla de puestos de prostitución con bares y comercios, los guías turísticos alzando paraguas y seguidos de su rebaño, los jóvenes turistas que se codean y se hacen bromas, a ver quién tiene cojones: la conjunción de todos estos elementos resulta algo ligeramente perturbador.

Mirarlas brevemente a los ojos; chicas cuyos rasgos recuerdan al este de Europa, y a veces también a Oriente Medio; cuerpos atractivos, juventud, pechos operados y sin operar, bikinis que cabrían en el espacio ocupado por un sello. Un guía norteamericano se para delante mío y comienza a contar los turistas de su grupo “uno, dos, tres, OK, estamos los dieciocho. Seguimos.”. Entonces les comienza a explicar una pequeña historia, seguramente a camino entre la anécdota y la fantasía: “había una vez un joven que tras mucho dudar hizo acopio de valor y entró en una cabina del Barrio Rojo de Amsterdam: “¿cuánto es el servicio?” preguntó nervioso, “100€ la media hora” le contestó la prostituta mientras extendía la mano. Una vez cerrado el acuerdo y pagado por adelantado, el chico se sentó en la cama de la trastienda, la puerta se cerró, las cortinas taparon por completo el ventanal que daba a la calle; la oscuridad era casi total. Pasaron unos minutos, no sucedía nada. A los diez minutos –que al hombre debieron parecerle siglos– volvió a dirigirse a la puta: “¿cuándo empezamos?” .- “Hace rato que empezamos; cuando me digas lo que quieres, lo haré”. El guía se ríe mientras juega con estas últimas palabras y suspira por lo que deben haber sido los diez minutos más desconcertantes y caros en la vida de ese supuesto chico. Y deja el tema para pasar a la siguiente anécdota, como por ejemplo la historia de tal o de cuál bar, mientras a algunos se nos pasa levemente por la mente: ¿y qué se puede conseguir en El Barrio Rojo de Amsterdam por 100€?

Un camarero cubano que lleva unos cuantos meses en la ciudad me cuenta que no es oro todo lo que reluce; que aunque el negocio de la prostitución paga los impuestos más altos del comercio en Amsterdam, y se dicen que son los profesionales del sexo quienes trabajan por cuenta propia y manejan sus asuntos económicos, se sabe que no siempre es así y en Amsterdam también hay proxenetas y prostitución organizada. Aunque también circulan historias de éxitos y pelotazos económicos con protagonistas que trabajan unos años bajo las luces rojas para dejarlo y comprarse la casa de sus sueños en su país de origen –que no suele ser el país de los tulipanes–. El caribeño me habla de una chica dominicana bellísima y de curvas de infarto con la que entabló amistad dentro y fuera de la cabina, que tenía un éxito tremendo entre los clientes y que tras unos meses desapareció sin más: quizá otro caso de sueño logrado, quizá todo lo contrario, una leyenda en ciernes, o una víctima más.

Son las nueve de la noche y noto que la lluvia comienza a calarme hasta los huesos después de dos horas deambulando por esta Amsterdam fría e invernal, perdido en esta jungla humana de deseos y luces de neón rojo y azul, más rojas que azules, de canales oscuros que la reflejan, extrañamente silenciosa. En este circuito turístico por las calles del morbo y del vicio, una prostituta abre su puerta ante mí y me invita con el dedo a que entre; cinco segundos después, vuelve a cerrarla y recompone la mejor de sus sonrisas desencantadas, mientras agarra el móvil y se pone a navegar por Facebook.

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PREGUNTAS Y RESPUESTAS

¿Cuántas prostitutas debe haber en el distrito rojo de Amsterdam?
Si en De Wallen existen unas trescientas cabinas, multipliquemos quizá por un factor de tres o de cuatro…

¿Dónde están ubicadas?
De Wallen es el más grande y conocido distrito rojo de Amsterdam, con las famosas cabinas rojas que muestran a sus inquilinas tras una puerta de cristal; no es el único distrito, es solamente el más antiguo y conocido. Allí también hay sex shops, peep shows, un museo del sexo, otro del cannabis y multitud de coffee shops donde consumir marihuana entre otras cosas. Sus cabinas están distribuídas por multitud de canales y callejuelas del centro de Amsterdam, al sur de la Estación Central; se identifican fácilmente por los farolillos rojos situados en las ventanas, y se puede pasear a escasos centímetros de los profesionales del sexo de estos locales.

¿Cómo saber quienes están trabajando?
Cuando están realizando un servicio, simplemente cierran las cortinas rojas y en el caso de las que están abiertas, se puede observar muchas veces la cama y los elementos de higiene de los que disponen. Hay prostitutas que bailan, otras están observadoras de los potenciales clientes que pasan delante de ellas, algunas golpean levemente el cristal para llamar su atención, o fuertemente para reprobar a alguien que creen que está tomando fotos o haciendo burla; las hay con mirada perdida o melancólica, las hay alegres y expectantes, otras impasibles, también con semblante de aburrimiento o de fastidio, o simplemente absortas en sus móviles.

¿Es peligroso pasear por el Barrio Rojo de Amsterdam?
En absoluto: la sensación de seguridad es total, y curiosamente son calles más silenciosas que cualquiera de las que podemos encontrar en España.

En esta visita a Amsterdam me alojé en The Student Hotel, un fantástico hotel ubicado a 3 paradas de metro del centro de Amsterdam y que aúna un ambiente estudiantil con una amplia gama de servicios para el cliente turista. Podéis saber más del hotel y de la experiencia de irse a vivir a Amsterdam –y residir en él– en esta entrevista.

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Publicado por Manuel Aguilar

"Viajar es uno de los mejores caminos para encontrarse a uno mismo."

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